El dolor de la felicidad y el monje

 


Estaban cerca de Lumbini, el monje había querido pasar por allí a rendir memoria a sus padres. Muertos hacía una era...  Entonces, mientras caminaban dijo, mirando a Mahayani que tenía a su derecha.


—Sabéis porqué cuanto más feliz es la infancia de un niño más dolorosa es su vida adulta? Pensadlo bien antes de hablar por que no es una cuestión fácil de percibir...


Sus seguidores se miraron entre ellos y murmuraban por lo bajo cosas que el monje hacía ver que no oía... finalmente Theravani que era uno de los más mayores se decidió a hablar.


—Es posible que si ha tenido una infancia feliz sea por que no tuvo que ir a la escuela, no tuvo que esforzarse, no aprendió un oficio y al hacerse mayor fue desgraciado porque  no pudo ganarse la vida... ¿podria ser asi Maestro?


—No Theravani, no es por eso, pero aprecio tu imaginación para poner la condición de felicidad en la ausencia de esfuerzo, veo que para ti eso de esforzarse debe de ser un palo...  —y mirándole con cariño le guiñó un ojo. 


Ninguno se atrevía a dar una opinión hasta que el monje volvió a hablar.


—La felicidad de un niño no está en la clase de vida que puede llevar según sea su lugar de nacimiento.  No es el lujo, ni la falta de comodidades lo que a esta edad influye para que el niño pueda sentirse, o no, feliz.  Tampoco es la exigencia a la que pueden someterle los padres o maestros para que aproveche su tiempo la que causa menos felicidad y  tampoco es más feliz el que,  no teniendo oportunidad de que nadie le enseñe o controle, holgazanea todo el día.  


—Entonces ¿dónde está la felicidad verdadera de un niño, la que puede ser duradera y no la que es efímera como la de ganar una carrera o vencer en una lucha entre amigos?   —preguntó Mahayani.


El maestro, ya que habían llegado cerca de una fuente, les señaló unos bancos para que reposaran.  Una vez bebieron todos y estuvieron acomodados, les dijo:


—El ser humano, durante su infancia elige seguridad y en su etapa adulta experimenta el sufrimiento por que  el dolor del adulto es una evolución de la felicidad que sintió en la infancia.   El devenir azaroso de la vida lleva a los humanos  a convertirse en consecuencia de su pasado.  El paso por la infancia dota de los primeros sentimientos de seguridad al niño al experimentar el afecto y la protección que transmiten los padres.  No olvidéis que en el futuro ese presente del niño será su pasado —de ahí la responsabilidad del progenitor—,  y esos sentires, esos sentimientos que tuvo, serán los cimientos sobre los que el adulto construirá un presente emocional nuevo.  No importan las otras condiciones de su vida —los bienes materiales—, lo que le hará feliz o desgraciado será disponer o no de unos sólidos cimientos emocionales para desarrollar su presente adulto, un presente que también será futuro mucho antes de lo que él piensa...  por que todo es anicca, impermanente...

 

El monje se levantó y bebió un poco de agua.  Se le estaba quedando la boca seca de tanto hablar.  Todos estaban expectantes y querían oír el final de su platica. Así que se sentó y prosiguió.


—Es por ello que en otras ocasiones os he dicho que el pasado es un presente construido con sentimientos que caducan, como el atardecer melancólico que se nos lleva la noche, convertido —apenas nato—  en el pasado de un momento, que aunque esté presente, también será una pérdida al llegar el alba.  Por que el sentir siempre tiene un pasado, una perdida, como la despedida de la madre o del padre al hacerse adolescente, o al encontrar a otra mujer u hombre a los que amar...    Al abandonar la infancia empieza pues el dolor de las pérdidas.  Pero es finalmente en la etapa adulta, cuando puede nacer  —si es que al salir de la infancia aprendimos a interrogarnos—  la necesidad de trasladar a otros nuestra experiencia, convirtiendo la palabra escrita, la imagen o el arte, en un momento creador que haga de lo efímero, de lo que será pasado, un intento de trascender el ciclo del olvido humano.  Un olvido que la noche de cada día transforma inevitablemente en sueños del pasado, pero que a lo largo del intento de vivir nuestra vida, generará un sufrimiento, o dolor, que será directamente proporcional a la felicidad que sentimos en la infancia.   


Nadie dijo nada, el monje se levantó y siguió el camino hacia Lumbini.  Su madre biológica, Mahamayá, murió a los 7 días de su nacimiento pero fue adoptado por una nueva madre del harén de concubinas que poseía el padre. Anihru fue su verdadera madre. Recordó entonces su extrema felicidad cuando niño.  Antes de balbucear sus primeras palabras  su mirada buscaba los ojos de su objeto amoroso, la madre, y poco a poco fue sintiendo que ya no era ella.  Lo había sido, y sin casi percibirlo empezó a reconocerse como algo distinto pero muy próximo a su madre. Su incipiente yo, empezó la vivencia de su individualidad, reconocía su nombre cuando lo nombraban y entonces volvía la vista hacia su madre para sentir su aprobación y la seguridad de que aceptando el nombre hacia bien. La mirada de la madre le amparaba del error, ella le protegía de la inseguridad, le infundia el placer que acompañaba al contacto, sobre todo cuando lo envolvía en sus abrazos y le devolvía el recuerdo feliz de sentirse parte de ella antes de nacer.

Se había sentido querido, muy amado primero por su madre y más tarde, siendo algo más mayor, por su padre al que siempre admiraba y del que deseaba su aprobación siempre que hacia algo. Su padre festejaba sus logros y acrecentaba su seguridad, el futuro para él no tenía incógnitas, siempre tuvo la certeza de que ellos velarían por su bienestar.  Sus padres le entrenaron la  bondad de corazón para con los animales, las plantas y los hombres. Toda su infancia vivió ajeno al sufrimiento de la vida.  Solo conoció la bondad, la protección y el amor de sus padres.    


Es así que, cuando sus ojos se abrieron al mundo, al ser ya un adulto casado, comprendió que el mundo era doloroso, caduco e injusto. El enorme sufrimiento ajeno creó en él la necesidad de comprender el mundo y tuvo que abandonar todo lo que le era querido. Entonces el dolor desgarrador de la perdida y el sufrimiento que le supuso no tuvieron medida, como no la tuvo  la felicidad que había experimentado durante la infancia. 


Habían llegado a Lumbini.  En un lugar próximo a la entrada de la ciudad se levantaba una dorada estupa funeraria, en la que no se podia entrar.  En ella, –decian–  descansaban los restos mortales de sus familiares. Su padre Suddhodana, su madre biológica Mahayaná y su verdadera madre Anhiru.   Se recogió en silencio a meditar frente a la puerta...  Pasaron dos horas y finalmente se levantó, y con él sus seguidores.


Temiendo que diera el acto por acabado, Theravani se atrevió a hablar.


—Maestro... ¿podrías decir algunas palabras que nos enseñen como honras la memoria de tus seres queridos?

—Eso iba a hacer... impacientes  —y con una sonrisa miró a su alrededor para seguir diciendo:


—Usaré palabras de Krishna frente a Arjuna... y os diré  que "la esencia de mis seres queridos, ya no puede matar ni ser muerta, no puede nacer ni morir, ni el fuego abrasarles o las armas herirles, ni las aguas mojarles o los vientos secarles, de modo que sabiendo que es así nadie debería apenarse por ellos".


Juntó las manos sobre el pecho y se inclinó ante la estupa.



Las sandalias del monje




Muchos años después el monje volvió a Vanarasi (para vosotros Benarés), había pasado mucho tiempo. Más de una Era desde la última vez. Ahora estábamos en la Era de Acuario. 

Llevaba ya el monje varios meses viviendo aquí y ya había comprobado que lo superficial había cambiado totalmente. La ciudad no era reconocible. Pero no le costó encontrar gente amable que lo acogiera y le ofreciera refugio.  Pronto un grupo de muchachos jóvenes se interesó por el sentido de sus narraciones que acostumbraba a explicar cada día al caer el sol en una de las plazas de Vanarasi.  

Seguido de estos acompañantes, que ya empezaban a llamarle maestro, un día fueron andando hasta Sarnath a buscar el que él recordaba como Parque de los Ciervos.  Los chicos claro no sabían qué era lo que allí había pasado hacia 2400 años.  Sonrió para sus adentros y tuvo un recuerdo para sus 5 amigos ascetas que lo acompañaron en aquella ocasión, cuando habló por primera vez a la multitud allí congregada.

Después de caminar unas 10 millas de la nueva nomenclatura que ahora usaban, encontraron una enorme explanada, nada que ver con el Parque de los Ciervos que el recordaba, con una enorme y horrible Stupa central inacabada, que llamaban Dhamehk, toda ella festoneada con bajorrelieves gupta de figuras humanas y animales.  Al monje no le gustó y consideró  que el coste de todos aquellos monumentos habría servido para alimentar a muchas familias necesitadas.  Pero sintió compasión por aquellos que, creyendo hacer el bien,  quizás no habían comprendido y no podían hacerlo mejor.   

Los muchachos que le seguían, y él mismo, vestían sencillamente, muchos una sola camisa blanca con pantalones de chándal, él una camisa y un chándal completo de Decathlon de color azul marino (aunque os parezca broma en la India también hay Decathlon).  Cuando hacía calor se sacaba la parte superior y caminaba como ellos en camisa, porque los tiempos de las túnicas habían pasado y aquello fue lo más barato y práctico que encontró.  Tenia dos juegos, así mientras se secaba lo que había lavado,  podía llevar el otro.   Su vida era la de un monje, pero la de un monje que vivía en medio de la gente a la que ayudaba.  Siempre tenía algún pequeño trabajo o encargo que realizar para sus vecinos y así obtenía algo de comida a cambio, no necesitaba más.  

Mientras volvían de Sarnath, uno de sus seguidores le preguntó:

—Maestro ¿porqué nos decís que para empezar el camino hemos de calzar unas nuevas sandalias?  ¿Es que las sandalias que llevamos no son dignas?
—No se trata de eso Hari, tus sandalias pueden ser dignas de cualquier empresa.  Cuando me refiero a las sandalias en realidad me refiero a la comprensión, estoy usando una metáfora.  No podéis iniciar el nuevo camino sin una comprensión nueva.   Verás, tus sandalias, como tu comprensión actual, ya están hechas a tus pies, se adaptan tan perfectamente que parece que no las lleves,  por otro lado con el paso del tiempo se han curtido, endurecido y apenas ceden ante las diferencias del terreno. Quizás eso sea útil para un camino habitual. Pero cuando queremos emprender un largo viaje nos procuramos unas sandalias nuevas, para que nos duren, en la vida interna pasa lo mismo, no podemos afrontar el nuevo camino sino es con una nueva comprensión.  

El grupo se hizo más compacto alrededor del monje y el mismo Hari se atrevió a preguntar.

—Cómo ha de ser esa nueva comprensión que necesitamos Maestro?

—Antes de arriesgar vuestros primeros pasos en un nuevo camino de perfección debéis conocer la estructura de vuestra mente y cómo funciona. Así sabréis como ese funcionamiento afectará definitivamente a lo que hagáis y a como lo hagáis.  Pero... empecemos por un principio y ya lo iremos completando... Habéis de saber que la vida, sin ningún esfuerzo, nos dota de una comprensión ordinaria, literal, que tiene que ver con los sucesos físicos, una comprensión ligada a los sentidos que emana o surge de forma espontánea de la que llamamos mente sensual.  Solo el mundo de lo abstracto, el mundo de las ideas genera en la mente abstracta o psicológica otro tipo de comprensión a la que llamamos comprensión psicológica, por que trabaja con contenidos que no son físicos sino son ideas o construcciones mentales.  

—Entonces tenemos dos mentes?  —dijo otro de los muchachos.

—No, no son dos mentes ni tres, la mente es única pero al mismo tiempo es un conjunto de funciones especializadas que se pueden desarrollar o no depende de cada ser humano.   La mente ordinaria, o sea la función ordinaria de la mente, sirve para relacionarse con el mundo externo y es la única que nos es dada de partida, sin ella no sobreviviríamos.  Para desarrollar una mente abstracta, o sea la función abstracta de la mente, es preciso ponerse en contacto con las ideas, con las abstracciones y los conceptos que no se refrendan en lo físico sino en las elaboraciones del pensamiento.  La función abstracta o psicológica de la mente se desarrolla cuando entramos en contacto con las ideas a través del dialogo, del discurso explicativo de otros o de la lectura, ahora más común por suerte, pues antaño la mayor parte de los hombres eran analfabetos...  

—Perdone Maestro, entonces si lo he entendido bien, ¿nuestra comprensión será de un tipo o de otro según de que fuente surja o que origen tenga? ¿Es así?

—Efectivamente Mahayani, así es.  De momento hemos hablado de dos comprensiones, la literal y la psicológica.  Es fácil entender que cuando hemos de abordar cuestiones metafísicas, como es el caso de nuestro posible recorrido hacia la iluminación, la comprensión a usar es la psicológica. No es que podamos elegir es que surge así de forma automática. 

—Entonces la comprensión psicológica o abstracta también nace con nosotros de forma automática. 
  
—No Hari, la comprensión psicológica se forma, entrena y acrecienta, con la lectura y con el dialogo profundo entre personas, no con la lectura de entretenimiento, sino con aquellas lecturas que nos ponen frente a contenidos abstractos que hemos de entender, contrastar y valorar.  Tampoco la charla habitual mundana ayuda a formar la comprensión psicológica pues no trata de contenidos o ideas propias de la parte psicológica o abstracta del ser.  Debido a todo ello lo natural, lo habitual, es que se posea una comprensión literal muy bien desarrollada y una débil, o poco desarrollada,  comprensión psicológica.   

—Entiendo Maestro —dijo Mahayani— que si nos estáis diciendo que para iniciar el camino debemos de tener una nueva comprensión, esta es una nueva comprensión psicológica, ¿no es así?

—Obviamente es así.  Pero nueva quiere decir que la que ya tenéis, aunque sea comprensión psicológica, no sirve. Y ese ha sido el problema de muchos en el pasado, que afrontan el camino del Dharma con su vieja comprensión psicológica.  Por eso he regresado...     

Los muchachos se miraron entre sí con cara de no entender totalmente lo que les decía.  El monje, viendo sus expresiones siguió matizando.

—Si, no os extrañéis, todavía no os lo había dicho, pero ya había estado antes aquí en Vanarasi, y entonces también hablé con gente como vosotros, y les enseñé un camino hacia la Iluminación, pero fue culpa mía no calcular que algunos de mis seguidores tendrían prisa y emprenderían el camino vertiendo sus nobles intenciones y sus grandes esfuerzos en el lugar inadecuado de su comprensión.  Ellos no atendieron a mi consejo de calzar unas sandalias nuevas antes de empezar a andar...  De ello vinieron algunas confusiones y aparecieron interpretaciones de mis consejos que yo no habría dado.  Después mis consejos, o lo que ellos dijeron que eran mis consejos, se convirtieron en un dogma, y la fe se hizo imprescindible. Añadieron boato y liturgia a sus reuniones, edificaron stupas y templos, y aceptaron todo aquello que yo había desechado de los brahmanes hinduistas y jainistas.  Acabaron haciendo de mi camino una religión temporal.  Mis seguidores, convertidos en maestros, hicieron del Dharma su profesión y de la religión su virtud, su modo de vida y su forma de influir en el mundo temporal.  De una cosa simple hicieron una cosa compuesta, desoyendo el que fue mi último consejo antes de partir de este mundo:  recordad que todo lo compuesto se descompone y  muere. 

El monje y el Relato

 


El monje llegó un día por la mañana a un monasterio.
  En aquel momento un maestro estaba dando un Teisho a sus discípulos y el monje solicitó asistir.  Rápidamente le hicieron sitio y se puso en posición de loto frente al maestro, el cual, al ver que el monje era de bastante edad, tuvo la deferencia de detener su charla y saludarle.  

—Sé bienvenido monje a esta humilde Shanga que te acoge.  Considérate en tu casa.

—Gracias maestro, la serenidad sea contigo y con tus discípulos, me gustaría oír lo que tengas que decir... lo que estabas diciendo.


El maestro recompuso su posición,  juntó las manos haciendo una breve inclinación hacia el monje, y siguió hablando para sus discípulos.


—Como decía... sabéis que el amor es la condición de lo humano que nos puede elevar por encima de los sentidos y quisiera recordaros que hay tres clases de amor: el amor afectivo, el amor compasivo y el amor universal.   Hablamos de amor afectivo cuando nuestro amor se proyecta hacia alguien a quien queremos con afecto sensible como puede ser el amor a nuestros seres queridos,  hablamos de amor compasivo cuando proyectando nuestras acciones, hacemos esfuerzos,  para aliviar el sufrimiento ajeno sin esperar nada a cambio, solo el alivio del mal ajeno es nuestra recompensa.  Finalmente el amor universal es la extensión del puro sentimiento de amor a todo lo existente, desde un insecto al ser desconocido que nos cruzamos en el camino a la fuente... Vuestra vida es un gran campo de trabajo para practicar a diario los actos de amor más variados, debéis de evitar que en el afecto encontréis apego y que en la compasión surja la satisfacción de haber logrado un beneficio, pero eso forma parte del entrenamiento para incrementar vuestra capacidad para amar.  Si llegáis a la excelencia en el amor afectivo y compasivo se os abrirá  el camino para el amor universal de forma espontánea. Pero en él también deberéis estar atentos al apego a la emoción de la bondad, cosa que experimentareis cuando vuestro amor por todo se exprese....  —y diciendo esto dio por terminado el Teisho.


Dieron acomodo al monje, el cual solicitó un cuenco de arroz y se retiró a descansar.   


Por la tarde los discípulos estaban ocupados en los huertos del monasterio y el monje decidió pasear mientras meditaba.  Al cabo de un tiempo encontró al maestro que le estaba esperando en un punto del camino circular que el monje venia siguiendo.  


—Buenas tardes monje

—Buenas tardes maestro... ¿me estabais esperando?

—Efectivamente esa era mi intención pues deseaba conocer vuestra opinión sobre mi forma de tratar el tema del amor...


El monje tomo asiento en una roca próxima al camino e invitó al maestro a hacer lo mismo. Seguidamente habló.


—En mi humilde visión del mundo vuestra explicación es una explicación muy válida, pero coja  por que habéis omitido la referencia al relato.... y a su provisionalidad.


El maestro puso cara de no comprender e hizo un gesto para que prosiguiera.


—Todo, mientras no alcancemos la plena iluminación, necesita un relato, pero hemos de transmitir bien que el relato no es cierto ni es la verdad, es siempre un relato provisional hasta que llegue el día en que ya no sea necesario... en vuestro caso, omitiendo que el relato es provisional hacéis pensar a vuestros discípulos que el trabajo que realizarán practicando actos de amor es el fin que persiguen y que en tanto progresen en él estarán más cerca de experimentar el bien del amor y por tanto más cerca de la iluminación.  Lo cual no es exacto.   Advertid que de vuestras palabras se puede desprender que el amor es la consecuencia de ciertos esfuerzos, mientras que en realidad el amor no puede ser otra cosa que la causa de que existan esos esfuerzos y no la consecuencia de ellos....  


El monje bajó la vista, no quería que aquel maestro se sintiera juzgado, pero le tenia que mostrar otra forma de ver las cosas que le ayudara...  al cabo de un rato y viendo que el maestro no decía nada consideró que podía seguir hablando.  


—El problema es que partimos de una estructura mental y de comportamiento formada por el hábito.  Es esta estructura la que hemos de poner en duda antes de usarla para procesar contenidos que representan un esfuerzo hacia otra forma de vida...por así decirlo... más espiritual. Si esos esfuerzos los abordamos con nuestra estructura habitual, acostumbrada a ver las cosas de una determinada manera, acabamos, como dice el dicho, viviendo como pensamos... y como no hemos cambiado la estructura del pensamiento volveremos a vivir igual que lo hacíamos pero con nuevos  y más interesantes adornos.  Que en muchas ocasiones nos harán sentir bien y de paso añadirán un pequeño problema: el de apegarnos a la vanidad de sentirnos mejores personas y mejores practicantes.

—Entiendo lo que explicais pero me gustaría que todavía echarais más luz en la cuestión...

—Os explicaré algo que pasó en una ocasión y que ilustra en parte a donde quiero llegar. Dicen que un hombre llegó a un lugar en donde un pez grande todavía vivo había saltado de la cesta del pescador.  El hombre lo recogió con gran cuidado y llevado de su compasión lo echó en un estanque para salvarle la vida.  Al poco las personas que vivían cerca del estanque vieron que los peces pequeños habían desaparecido y que solo quedaba el pez grande.  Se los había comido.  Entonces la gente salió con palos y mató al pez grande.  Con su acción de amor compasivo el hombre causó el mal,  murieron los peces pequeños y también aquel que quiso salvar.  ¿Qué creéis que enseña este relato, maestro?  —dijo el monje cediendo la palabra...

—Que antes de usar la compasión para aliviar el sufrimiento ajeno hay cosas que aprender, la compasión y el amor no pueden ir por delante del conocimiento y la sabiduría... primero hemos de saber cómo funcionan las cosas.

—Estoy de acuerdo, maestro, pero la primera cosa que debemos saber cómo funciona es nuestra mente, pues es el instrumento con el que no solo adquirimos el conocimiento sino que es el instrumento que a menudo nos engaña y nos hace creer cosas que no son ciertas.    Adquirir información y conocimiento sobre la mente y sus procesos lleva mucho tiempo, os lo digo por experiencia, y mientras tanto no podemos dejar de vivir cada día en medio de la bondad o la maldad del mundo.  Es por ello que mientras no adquirimos la pericia necesaria para preparar una nueva estructura de nuestra mente que nos permita no repetir los mismos errores de siempre, hemos de tener un guion vital que seguir, algo a lo que ceñirse para que nuestra vida no sea un caos...  ese guion es a lo que yo llamo el Relato, y es un relato provisional por que el día que nuestra mente esté preparada, el día que se haya producido el cambio de mentalidad, ese día el relato ya no será necesario. El amor será la causa, no la consecuencia de ningún esfuerzo.   

—Pero... que me decís del apego en relación al amor...

—El apego, maestro, es la consecuencia de un sentimiento amoroso surgido en una estructura mental acostumbrada a la posesión. No importa si son bienes materiales o inmateriales: como la fama, el respeto de los demás, la erudición o el saber, la facilidad de palabra, la empatía... todos esos bienes no materiales forman parte de nuestras posesiones y sin saberlo tenemos apego, como tenemos apego a las posesiones materiales, aunque de forma menos palpable, más invisible.  De la misma forma cuando decimos amar a nuestro hijo o a nuestra esposa, se mezcla la posesión, y la posesión frente a la pérdida es la causa de sentir apego.   Esta bien descubrirlo, ante uno mismo y ante los demás, para trabajarlo, pues saber que el apego estará presente, todavía, en nuestras expresiones de amor no se ha de olvidar... hasta que debido al cambio de mentalidad el amor sea la causa del obrar y ya no exista apego.


El sol ya se había ocultado.  Y el maestro dijo:


—La charla me ha sido de mucha ayuda pero todavía hay algo que no comprendo: como es que existen seres que han cambiado la mentalidad sin tanto conocimiento sobre su mente...? pero ahora es tarde, esta anocheciendo y mis discípulos me esperan, quizá mañana podríamos seguir hablando... si os parece?

—Nadie me espera. Estaré dispuesto a cualquier hora cuando deseéis hablar...


 Y los dos hombres iniciaron el regreso al monasterio.  Los huertos ya estaban desiertos, solo el cañizal de bambú, a un centenar de metros de ellos, bullía de actividad con la algarabía de los pajaritos.   A medida que se aproximaron al cañizal el ruido fue cediendo, hasta que plantados ambos delante, todo el piar y cantar de los pájaros cesó y un agradable silencio se impuso.  Entonces el monje se volvió al maestro y le dijo: 


—Nuestra mente es como este cañizal, los pajaritos solo callan cuando estamos presentes.

El monje y un nuevo hogar


Hace mucho tiempo, en un lugar de la la India, el monje caminaba meditando hacia el pueblo de Gaya cuando encontró en su camino a un hombre afanado en la carga enorme que llevaba sobre una mula.  El monje observó que la mayoría de la carga eran enseres domésticos nuevos y de buena calidad... pero viendo que estaban trincados con cierto desequilibrio se ofreció a ayudar para evitar que parte de la carga diera contra el suelo...

—Buenos días buen hombre que la paz te acompañe... pero dime puedo ofrecerte ayuda para evitar que algunos de tus muebles caigan... los veo inestables.
—Buenos días monje,  también te deseo paz y sosiego en tu camino... gracias por brindarme ayuda, la verdad es que una mano que sujetara no me vendría mal... pero quizás si me ayudáis os apartareis de vuestro camino... y no me atrevo a pedirlo ni puedo tampoco pagaros...
—El azar te ha puesto en mi camino como yo estoy en el tuyo. Tu tienes obligaciones que seguir, pero a donde yo voy nadie me espera.  Así que en este momento mi camino puede ser ayudarte y por eso te doy las gracias, pues de que sirve la generosidad sino tienes a nadie a quien ofrecerla...   —diciendo esto el monje se acercó a la mula por el lado contrario al del hombre y enderezó los enseres que se habían inclinado.
—Si me acompañas me harás gran favor pues así me aseguro que no resbale la carga hacia uno de los lados que no puedo controlar... pero no temas no te apartaré mucho, solo iremos hasta mi pueblo que esta cerca, aunque en dirección contraria a donde tu ibas.
—No te preocupes, es temprano, el sol todavía no ha alcanzado la mitad del recorrido para llegar al mediodía,  si todo va bien antes de la tarde estaré de vuelta en Gaya a donde iba.  

El hombre azuzó a la mula y prosiguieron la marcha andando cada uno a un costado del animal vigilando así que los movimientos de la mula no desequilibraran los enseres nuevamente.
Pasado un rato largo, el calor se empezó a sentir y el hombre hizo un alto al borde de una acequia de riego para beber. Sacó una calabaza, la llenó del agua que corría y la ofreció primero al monje que bebió agradecido, despues bebió él y finalmente acercó la mula al curso de agua para que saciara su sed.   

—¿Puedo preguntarte algo?   —inquirió el monje antes de proseguir la marcha
—Naturalmente, faltaría más, me estas siendo de gran ayuda y no te la podré pagar así que pregunta lo que desees.
—¿Como es que llevas esta carga tan grande de enseres nuevos? Porque si eres comerciante, tendrás unos beneficios al venderlos con los que podrías pagar más de una mula o un arriero que te los hubiera llevado, me tienes intrigado...
—Te lo explicaré mientras seguimos caminando   —y diciendo esto cogió el ronzal y tiró levemente de la mula para indicarle que volviera al camino.
—Resulta que me he de casar próximamente, en segundas nupcias pues mi primera mujer murió sin darme ningún hijo.  Mi nueva mujer es mucho más joven que yo y me acompañó hace unos días a comprar el ajuar de la casa, ella quiso que todo fuera nuevo y a mi me dio mucho placer comprobar como ella iba eligiendo con sumo gusto todo lo que necesitábamos  para una nueva vida.... hoy he ido a buscarlo y despues de pagar me he quedado casi sin dinero para poder transportarlo... así que he tenido que improvisar con mi única mula.  
—Ya veo  —dijo el monje pensativo y prosiguió
—Entonces tu ya tienes una casa, no es asi?
—Pues si, el hogar en donde siempre viví con mi esposa, cuya memoria permanezca en mi para siempre...
—Entonces tendrás en ella todavia todos los enseres de tu vida anterior, no es asi?
—Si, efectivamente, son un gran recuerdo y les tengo mucho afecto, la casa es grande y en ella podré ubicar los nuevos enseres entre los viejos sin problema...

El monje calló y siguió caminando en silencio mientras meditaba sobre la cuestión.  ¿Como podía decirle a aquel hombre, sin ofenderlo, que su actuar era equivocado?  Tenia que hacerle ver que si iba a iniciar una nueva vida, debía de pensar en su nueva esposa, la cual no estaría feliz entre los recuerdos y enseres de una vida anterior de la que ella no había participado...  

Finalmente encontró una forma de tratar el tema.  Y pasado un buen rato habló al hombre de nuevo.

—Escúchame un momento, te voy a proponer un ejercicio.  Imagínate que tu nueva mujer hubiera tenido un pretendiente muy apuesto del que estuvo enamorada y con el que llegó a prometerse en matrimonio... pero un día, antes de que se casaran, este pretendiente murió al caer de su caballo.  Tu nueva mujer lloró su perdida desconsoladamente durante semanas y los padres del novio, viendo su desolación, le regalaron una pintura, el retrato de su apuesto hijo para que lo contemplara cada dia y  conservara vivo su recuerdo...  imagínate que pasaron los años... y el tiempo, que acostumbra a cerrar estas heridas, hizo que tu nueva mujer ya no volviera a llorar la perdida y como era joven se volvió a enamorar precisamente de ti.... imagínate que cuando volvíais de la boda para entrar en vuestra nueva casa, ella hubiera traído consigo el cuadrito de su antiguo amor para colgarlo en la habitación donde teníais que yacer juntos.  ¿Que crees que hubieras hecho en aquel momento?   —acabó preguntando el monje.

El hombre no respondió, cabizbajo y pensativo siguió caminando al lado de la mula y en su interior se desencadenó una pugna entre dos partes de si mismo, la que le llevaba a no desear el  olvido total de su primera mujer y la que le llevaba a ponerse en el lugar de su nueva mujer...   después de un largo trayecto llegaron delante de su vieja morada y se dirigió al monje para responder a su pregunta. 

—No me habría gustado tener aquel retrato en mi cámara conyugal, esto es seguro... pero lo peor es que no sé que es lo que habría hecho... me da miedo afrontarlo por que sé que podría haber mostrado mi ira y haber arruinado mi matrimonio antes de consumarlo....  ¿Tu monje que habrías hecho? si es que puedo pedir tu consejo... —dijo con humildad el hombre.
—A mi no me habría pasado algo así, pues tomé el habito de monje después de tener un hijo y morir mi mujer de fiebres al séptimo día de dar a luz,  pero sé de alguien —que tu conoces bien— que puede estar en la misma situación y quizás esté en tu mano evitarlo.   

El hombre suspiró y poco a poco comprendió que se estaba refiriendo a su verdadera nueva esposa... entonces se detuvo y encaró al monje.  

—Entonces ¿cual es tu consejo?
—Creo humildemente que no puedes emprender una nueva vida dando cabida a lo nuevo en un hogar antiguo.  Primero ocúpate de vender todo aquello que ahora posees, incluida tu antigua morada. Despréndete de todo.  Después edifica con cuidado una nueva morada y solo entonces deja que entren en ella los nuevos enseres con que la quieres dotar.    Pues tu caso es como el de aquel hombre que encuentra en su camino una nueva forma de entender el mundo.  Entusiasmado con la novedad cree que ahora su vida cambiará por completo y atesora en su conocimiento todo lo nuevo que ese camino aporta, sin darse cuenta de que las nuevas ideas al caer en las viejas formas y costumbres no pueden dar nuevos frutos sino solo imitaciones que lo acabarán llevando de nuevo al desencanto...

El monje se despidió y volvió a su camino en dirección a Gaya.  Se propuso meditar sobre la naturaleza de la mente, pues era ahí en donde residía la clave para evitar que cualquier nueva enseñanza cayera en una zona improductiva.  Sin una comprensión  nueva, no era posible cambiar nada.   Si las nuevas ideas se trataban con la comprensión de siempre el esfuerzo era estéril.  Pero era difícil decirles a los hombres que habían tenido el vislumbre de la liberación, que antes de empezar el camino de la practica, o sea iniciarse en la renuncia, el ascetismo, la practica moral, la compasión, el amor,  la oración, la devoción y la meditación, había un paso previo que dar para evitar que el fruto de todo el trabajo hecho con la practica no cayera en el lugar equivocado... 

La naturaleza de la mente, la naturaleza de la mente, la naturaleza de la mente, se iba repitiendo mientras su concentración se centraba en seguir el ritmo automático de sus pasos.... como iba a explicarles a sus seguidores,  ávidos como estaban de seguir el camino de ascetas, de amar, de meditar, de ayunar, de renunciar al mundo sensual.... ávidos de abandonar su forma de vida anterior para entregarse en cuerpo y alma a la nueva visión...  como les iba a decir que antes de empezar a andar tenían que cambiarse las viejas sandalias, por unas completamente nuevas y diferentes...  así meditando pasaron las horas mientras caminaba y al cabo llegó a Gaya.  Justo a la entrada del pueblo encontró una Higuera bajo la que se sentó a descansar...


El sueño de Brahma y el monje



En la mitología hindú el sueño de Brahma es un parpadeo del Universo y en ese parpadeo sucedió todo lo que os voy a contar.  Brahma era la Existencia y existía él solo durante la Eternidad.  Pero en su infinita soledad se aburría tanto que un día creó a Maya (La ilusión) con la única intención de divertirse.  Y Maya le dijo: 

—Ya que me has creado por que estabas aburrido te propongo que juguemos! 

—Muy bien y... ¿a que quieres que jueguemos? —le dijo Brahma.  Entonces Maya, que era mujer, le propuso el juego más maravilloso que podía imaginar.  Él tenia que hacer todo lo que ella le dijera. Y Brahma, sorprendido primero, accedió enseguida al ver la carita de expectación que ella ponia...  Lo primero que Maya pidió fue que creara el sol, las estrellas, la luna, los planetas y la tierra con sus montañas, valles, rios y mares.  Después le pidió que los llenara de vida, y finalmente le pidió que creara al ser humano para que alguien pudiera apreciar la belleza de su creación. 


Brahma, encantado con tener algo que hacer, cumplió con sus deseos y la Creación fue hecha.  Al acabar le preguntó a Maya:  

— Ahora ya hice todo lo que pedias... ¿pero cuando empezaremos a jugar?  —y Maya, que no se cortaba un pelo, resueltamente le dijo: 

—Empezaremos ahora mismo, pero primero tienes que cerrar los ojos... —entonces cogió a Brahma y lo cortó en millones y millones de pedacitos, puso un trocito en el interior de cada ser humano y le dijo:  

—Ahora empieza de verdad el juego, voy a hacer que olvides quien eres y asi tendrás que encontrarte a ti mismo pedacito a pedacito! 


Para ello Maya creó el Sueño y, todavía hoy, Brahma sigue dormido y en el Sueño intenta recordar quién es.  Brahma está en nuestro interior y solo la Ilusión (Maya) impide que recordemos que somos… 


Mientras tanto, y desde muchisimo antes de que todos nosotros nacieramos, Maya siguió engañando a los trocitos de Brahma como parte del juego.  Los hombres, en consecuencia, crecieron engañados por ella y creyeron —por que tenian un nombre—, que eran diferentes los unos de los otros. También creyeron que podian ser felices. De hecho lo que más deseaban era ser felices, pero siempre eran desgraciados y no conseguian sus anhelos.  Cuando eran niños todavía eran alegres pero a medida que el tiempo los recorria, se hacian torpes, viejos, enfermos y desgraciados.  Cuando finalmente morian, como no sabian hacer otra cosa, volvian a resurgir con sus mismos problemas pero en otros niños que nacian... y a los que ponian otros nombres para que pensaran que eran diferentes de los demás... ya que, a causa de Maya, no podian recordar donde estaban... y asi repetian las mismas cosas vida tras vida.    


Hasta que un buen día, hace muchos años, a un pueblito que se llamaba Gaya, llegó un monje y se sentó bajo la sombra de una higuera a descansar.  En aquel momento pasó una pastora de cabras que viendo al monje se apiadó de él y le fue a buscar un cuenco de arroz.  El monje agradeció el gesto, comió y habiendo comido se dispuso a meditar.  Llegó la noche y no se movió.  Asi estuvo muchos dias solo comiendo una vez al dia el cuenco de arroz que los vecinos le traian. Finalmente un dia se levantó pues habia comprendido cual era la tragedia de los hombres y se dispuso a combatirla.  Primero viajó a una ciudad más grande que se llamaba Vanarasi (Benares) y alli, en un lugar que llamaban el Parque de los Ciervos, pronunció sus primeras advertencias a los que se congregaron para oirle.   A partir de ese momento, durante 40 años, peregrinó de ciudad en ciudad mostrando a los hombres cual era la raiz de su sufrimiento: el olvido.  Pero la cura de su sufrimiento solo podia suceder si despertaba algo que dormia en ellos, algo que estaba en la parte más escondida de su cuerpo, alli donde habitaba el pedacito de Brahma que un día depositó Maya en los hombres.   Pronto se dio cuenta de lo dificil de la empresa y dedicó mucho tiempo a pensar como podria ayudar a sus semejantes.   Finalmente encontró el metodo que se podia seguir y cuando murió, sus seguidores  llamaron  Dharma al relato que él habia mostrado.  


Este camino, que no era fácil ni llano, debia de ser una experiencia individual, una indagación propia como el monje dejaba entrever en sus advertencias.  Poco antes de morir se negó a dejar sustitutos o herederos de su labor.  Sus últimas palabras fueron “recordad que lo compuesto, se descompone y desaparece”.  Algunos dicen que sus palabras exactas no fueron estas, sino otras en las que dejó constancia de la necesidad de no creer en nada que pudiera ser descompuesto, en clara referencia a que solo convenia indagar por si mismo la forma de llegar al principio del camino.  


Pues el monje habia explicado que el camino no empezaba en cualquier sitio ni en cualquier momento sino en un lugar concreto al que primero se tenia que llegar; por suerte no era un sitio muy lejano... era un lugar en nuestra comprensión, en donde se podia dejar de ser quien eramos. 


Para empezar a andar por ese camino se tenia que renunciar primero a ser lo que siempre habiamos sido, y no todos lo entendieron ni aceptaron, pero los que lo hicieron empezaron a caminar por una senda que los llevaria  a dejar de ser para volver a estar en algo más grande, que era Brahma despierto ya en ellos. 


Los que dejaron de ser para simplemente estar, compartieron la luz de Brahma y no volvieron a  repetir el viaje del eterno retorno, por que ya no eran, solo estaban. 


 Unos 2.500 años más tarde el monje volveria para explicar que el concepto del sueño y la luz de Brahma tenian una nueva definición… pero eso es otra historia. 



A menudo me pregunto si la vaguedad que ponemos en la distinción entre el ser y el estar no es el velo que oculta (para muchos, afortunadamente) nuestra  tragedia personal. 


¿No  será  que nos pasamos la vida creyendo que  somos cuando en realidad simplemente estamos en algo o formamos parte de una entidad, un alguien que no podemos comprender?


Si así fuera, o sea que no somos sino que estamos en, seria lógico pensar que la conciencia estuviera ligada al estado y no al ser, o sea seriamos conscientes de estar en y no conscientes de ser en sí mismos, como realmente ocurre. Ese es el problema del que el monje quiso advertirnos. Hemos olvidado.  Y nuestra percepción sensual y empirica nos devuelve una realidad en la que somos, vivimos y morimos convencidos de nuestra ilusoria individualidad.   


 Pero si aceptáramos que podemos engañarnos (sin saberlo) tendríamos que admitir que a lo mejor vivimos en una ficción creada por el espejismo de ser en sí mismo, cuando en realidad simplemente habitaríamos en una parte de un ser del que siempre hemos formado parte.