La historia de mis Reyes Magos de Oriente....



LA HISTORIA DE MIS RRMM de Oriente

No en todas las tradiciones, pero si en la nuestra, el espíritu de la Navidad se ha llegado a confundir o mejor solapar con una celebración en la que los obsequios toman un papel sobresaliente.    El 6 de Enero, la Epifanía (1) del Señor en la tradición católico-romana, es una celebración religiosa con raíces muy antiguas.   Cuando uno se pregunta (y la Madeja ha investigado en ello para vosotros) por el origen de esta fiesta se encuentra con algunas sorpresas. Como en otros campos de la tradición cristiana nos encontramos que en este tema hay mucha letra pequeña que nada tiene que ver con lo que Cristo dijo, o quiso transmitir, con el Evangelio.  De los  4 evangelistas sólo San Mateo menciona la adoración de los “magos”(2) (mago viene de la palabra persa mogu que significa astrólogo o adivino).  Marcos no menciona para nada la pretendida condición de reyes de estos misteriosos personajes, tampoco cita sus nombres y ni siquiera da su numero.  Su relato, que tanto rendimiento ha dado posteriormente, deja a los magos de Oriente en un completo anonimato.  Han sido los llamados Padres de la Iglesia (maestros y teólogos que interpretan las sagradas escrituras fundamentándose en su autoridad eclesiástica), junto con el folklore y piedad populares, los que han ido perfilando sus enigmáticas figuras hasta convertirlos en los tres Reyes Magos que hoy conocemos. La que parece ser historia verídica de los magos de Oriente, cuenta con un personaje que, gracias a Flavio Josefo, historiador romano, conocemos bien.  Describe Mateo como, al llegar la noticia de su visita (la de los Magos de Oriente) a oídos de Herodes el Grande, a la sazón rey de Judea (entonces provincia del Imperio Romano), este se alteró. Efectivamente, Herodes el Grande reinaba en Judea con el beneplácito de los romanos (de hecho era una especie de títere de los romanos) y para mantener sus privilegios a lo largo de 35 años de reinado, cometió innumerables atropellos y asesinatos: se dice que mandó secretamente matar a algunas de sus propias esposas e hijos así como a varios rivales políticos que habían buscado el acuerdo de los romanos para sustituirle en el papel de rey de los judíos (dicho sea de paso él no era judío pues su madre era árabe y su padre idumeo).  La inquietud de Herodes se ha de entender en el contexto de la tradición judía. El antiguo testamento dejaba constancia de que ciertas señales del cielo precederían al nacimiento del rey de los judíos.  

Cuando los magos dicen haber seguido una estrella hasta Jerusalén que es signo de un importante nacimiento, inmediatamente Herodes cree que es mejor seguirles la corriente y averiguar el paradero del Mesías para eliminarlo.  Más tarde el Evangelio nos informa de su fracaso al intervenir un mensajero celeste que advierte a José (y curiosamente también a los magos) del peligro que corre.  Así es como se hace necesaria la matanza generalizada de infantes que lleva a cabo Herodes al ver frustrada la posibilidad de eliminar selectivamente al que cree llamado a ser Rey de los judíos. 
Los magos eran una casta de Persia, discípulos de Zaratustra, que se dedicaban a la interpretación de los sueños y de diversos fenómenos naturales, sobre todo astronómicos (eran una especie de equivalente a los profetas en la tradición mosaica: algún día hablaremos largo y tendido de los profetas). Sus predicciones astrológicas tenían un enorme crédito, no sólo entre el pueblo, sino entre los nobles y gobernantes. En este sentido, como astrólogos, es como los cita San Mateo y posteriormente los Evangelios Apócrifos (que también se ocupan de ellos). Sin embargo, en los primeros siglos del cristianismo, la palabra mago adquiere un matiz peyorativo y es Tertuliano, 200 años más tarde, el que “convierte” a los magos de Oriente en reyes. La iconografía religiosa empieza a reflejarlos como señores opulentos, acompañados de fastuoso séquito, y les cambia el gorro frígio de los astrólogos y sacerdotes de Mitra (con el que aparecían en las primeras pinturas de las catacumbas), por la corona real. 
Una cuestión controvertida es el número de magos.  Al rebuscar en las fuentes de información uno se pregunta cuántas cuestiones de este tipo habrán recibido un tratamiento similar.   Decíamos más arriba que existen representaciones de los magos en las catacumbas.  Efectivamente las pinturas reflejan en unos lugares dos y en otros cuatro magos.  La iglesia siria, aun hoy día, cree que eran 12 y los coptos elevaron la cantidad a 60 de los cuales se citan hasta los nombres de 15.  En la tradición cristiana precismática es Orígenes, en el siglo III, el primer escritor eclesiástico que afirma taxativamente que fueron 3.  Curiosamente este exegeta y místico fue posteriormente anatemizado ya que su compendio de dogmas “De principiis” contenía elementos peligrosos para “la nomenklatura” eclesiástica del tiempo.  Fue la época en la que se cerró la posibilidad de que hiciera teología todo aquel que no estuviera verdaderamente integrado en el sistema.  La Iglesia por su misma dinámica, cada vez más metida en lo temporal, se veía obligada a hacer limpieza de todos aquellos místicos y eremitas que pensaban de forma más o menos independiente (3). La semilla sembrada por Orígenes fructificó plenamente y en el siglo V, tan sólo doscientos años más tarde, toda la cristiandad acepta la suposición de que los Reyes Magos de Oriente eran 3.  Sus nombres aparecen por primera vez en el siglo IX, es en el “Liber pontificalis” de Rávena (845) y se les cita como Bithisarea, Melichior y Gathaspa.  Poco después Beda el Venerable en su “Collectanea” hace la siguiente descripción: “El primero de los reyes era Melchor, un anciano de larga cabellera y luenga barba. Fue él quien ofreció oro, símbolo de la realeza.  El segundo, llamado Gaspar, joven imberbe de tez blanca y rosada, honró a Jesús ofreciéndole incienso, símbolo de la divinidad. El tercero, llamado Baltasar, de tez oscura, testimonió ofreciéndole mirra, que significa que el hijo del hombre debía morir...”  A partir de este primer texto descriptivo se sucederán las representaciones artísticas, así, murales, vitrales y pinturas reflejarán con mayor o menor acierto las descripciones de Beda.  En el siglo XV Petrus de Natatibus les atribuye edad: 60 años para Melchor, 40 para Gaspar y 20 para Baltasar.   Hasta bien entrado el siglo XIV la tradición del origen persa de los Reyes Magos era muy fuerte, pero la descripción de Beda y la tez oscura de Baltasar, con el cambio de raza que ello supone, da pie a que los sermonarios de la época posterior a Beda comiencen a considerarlos como representación de los hijos de Noé: Sem, Cham y Jafet, que en el antiguo testamento simbolizan las tres razas humanas.  Baltasar representaría a África, Melchor a Europa y Gaspar a Asia.   Naturalmente el descubrimiento de América dejó esta interpretación un poco corta.  En algunos retablos del Brasil de la época colonial se puede ver un Baltasar vestido de jefe indio con jabalina emplumada.  

Finalmente está el fenómeno de la estrella que guió a los magos.  La tradición cristiana se limita a adjetivarlo de fenómeno sobrenatural, entroncando con la tradición mosaica, la cual nos habla de ciertas señales celestes que precederán al nacimiento del Mesías.  La tradición persa dice que era roja y que se desplazaba lentamente rozando las palmeras. Las leyendas bizantinas añaden que cuando concluyó su viaje estalló en mil pedazos dando lugar a todos los rubíes que hay en el mundo.  En el siglo XVIII, el astrónomo Johannes Kepler explicó el fenómeno de la estrella viajera como consecuencia de la conjunción de los planetas Júpiter y Saturno a su paso por la constelación de Piscis, un hermoso espectáculo celeste que pudo verse en esa época en Persia y Mesopotamia en las horas del crepúsculo (cuando se viaja en el desierto) y que se repetirá de nuevo en el año 2198.  Los reformistas (a los que nosotros llamamos protestantes) aceptan la hipótesis de Kepler pero no los católicos.  La última curiosidad es la relacionada con los juguetes.  Tan sólo es desde el siglo XIX que se instauró en España la costumbre (4) de pedir juguetes a los Reyes Magos.  En el resto de países de cultura cristiano-occidental (exceptuando los directamente influenciados por el colonialismo hispano), no existe tal costumbre, lo que quiere decir que los niños no viven el espíritu de la Navidad con la expectativa de que llegue el día de los Reyes Magos.  En estos países la Navidad se inicia directamente con los regalos, pero esa es una costumbre no relacionada con lo religioso, aunque tenga sus raíces en ello (5).  Efectivamente, en los países de influencia sajona existe una tradición que se remonta a la Edad Media y tiene que ver con San Nicolás de Bari, un obispo cristiano del siglo IV.  En los Países Bajos, dominados militarmente en el siglo XV por la corona española, existía la costumbre de festejar el día 6 de diciembre, San Nicolás, con regalos secretos a los niños que se ocultaban entre sus ropas, pertenencias y calzado. La leyenda decía que San Nicolás, Sinter Klass para los holandeses, llegaba desde España en un barco cargado de regalos que luego secretamente repartía.  Del Sinter Klass holandés derivó el Santa Klaus ingles y norteamericano del siglo XVIII, pero no fue hasta finales del siglo XIX que se popularizó la actual figura no religiosa de Papá Noel gracias a la pluma y la imaginación del norteamericano Thomas Nast, el cual cambió la mitra y el báculo del obispo por el traje rojo y el típico gorro con borla. El ingenioso dibujante también asignó nuevas costumbres al personaje, como la de llegar el día 24 de diciembre con sus renos procedente del polo norte con los juguetes y el de repartirlos bajando por las chimeneas pese a sus gorduras.

Como se puede ver la tradición hispana de los regalos el día de Reyes probablemente surgió a remolque de la costumbre sajona que de alguna manera paganizaba algo que previamente había tenido un cierto sentido religioso.   Los españoles quisieron ser, como de costumbre, mas papistas que el papa y se sacaron de la manga (como si fuera un truco de magia) las propiedades regalatorias de los Reyes Magos de Oriente.  Muchas generaciones de niños lo han agradecido y lo agradecerán.  Porque de ilusión también se vive, aunque sea un plagio. 

En nuestra familia Bau-Coll ya desde hace muchos años se dieron las circunstancias necesarias para trasladar el día de los regalos a la celebración de la Navidad. No hubo en ello un animo consciente de restar importancia a la Epifanía, seguro que no. Tampoco hubo pretensión de asimilarse a lo sajón. Evidente.  Ni siquiera se pretendió catalanizar un poquito nuestra vida familiar por aquello del “caga TIÓ caga turró si no et donaré un cop de bastó” (caga TIÓ caga turrón si no te daré un golpe de bastón). Tampoco fue por ese motivo.  Simplemente se impuso una cuestión practica: “si los niños tienen los juguetes por Navidad pueden jugar con ellos todas las vacaciones”.  Creo que este pragmatismo justifica plenamente el cambio de fechas para hacer regalos en familia.  

 Solo una última reflexión que conviene a todos (incluidos los que irán a Misa de Gallo y cantarán villancicos ante el Belén):  ojalá que entre todos sepamos transmitir a nuestros hijos que la importancia de la Navidad está en el encuentro familiar, en la concordia, en el cierre de una etapa y surgimiento de una  nueva, en el perdón de las ofensas, en el nacimiento de una nueva esperanza para unas intenciones renovadas,  en el aprecio -finalmente- que nos hacemos (que nos manifestamos en sinceridad) los unos a los otros y del cual los regalos son una simple y momentánea metáfora. Todo esto además de todo lo clásico. Aunque solo sea por un si acaso nuestros hijos tengan, así, más salidas a las contradicciones que han de vivir, futuramente, en el seno de una sociedad desacralizada (aunque no atea) en la que el abandono de la religiosidad tradicional no siempre se da en un contexto de evolución sino que a menudo es una involución disfrazada de modernidad.   

                                                                                                                              
Granollers, diciembre 91



1)  Epifanía: por sobre de lo que brilla, por sobre de lo mundano.  La Epifanía viene a representar el sometimiento del poder temporal al poder espiritual; el reconocimiento de los reyes hacia el Creador.
2)  “Nació Jesús en Belén de Judá en los días de Herodes el Grande. Y unos magos venidos de tierras de Oriente llegaron a Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?, pues vimos su estrella en el Oriente y venimos a adorarle” Mateo 7,23
(3) Tratando de ser  fieles al mensaje inicial del cristianismo primitivo y con una visión critica hacia el fasto y el poder  de una Iglesia  que surgía, a pesar de si misma, como producto de la oficialización imperial de la religión, fenómeno que había comenzado en tiempo de Constantino.
4) Hasta el siglo pasado no era fiesta de guardar, laboralmente hablando. Y la costumbre de hacer la carta a los Reyes Magos empezó a extenderse bien entrado el siglo XIX.  En algunas zonas fue sustituyendo, uniformizando, diferentes costumbres regalatorias preexistentes, como el “tió” en Catalunya.  
5) Casi todas las tradiciones regalatorias tienen su origen en costumbres pre-cristianas relacionadas con el fin de año y la celebración pagana del cambio de año.  Las leyendas religiosas vienen a sustituirlas y transformarlas.       





El viejo sillón de flores


El tapicero se dio vuelta para buscar la cuarta resma de tela a flores... su sonrisa hizo un breve descanso escondida tras las columnas del almacén.  Aquella señora le estaba poniendo la paciencia a prueba.  Cogió el siguiente pliego de ropa y maldijo a su primo que aquella misma mañana se había llevado el “monstruario”.   A la señora tampoco le gustó.
Volvió a la trastienda y le dio un sorbo al café, ya frio, que la clienta había interrumpido.  Sacó una resma nueva con flores y elevó un suplica al cielo.  Finalmente a la señora le encajó.  Acordaron que también tapizaría el puf a juego y después de hacerle cuatro números se despidieron hasta el día siguiente.  Recoger el sillón y el puf en su casa fue mucho más fácil.  La señora quiso saber cuando lo tendría listo.  Tres dias le dijo, y a ella le pareció mucho.  El tapicero no contestó, pero mientras bajaba por el montacargas masculló para si varias imprecaciones sobre la gente de Muntaner que creían que las cosas se hacen solas... pero lo dejó estar. No quería amargarse el día.


Tiempo después el viejo sillón ocupaba el espacio de la salita como el trono de una reina. Y es que la mamá reinaba desde su sillón de flores.  Todos pasamos por la antesala de los trueques. Por la sala de vistas de tanto conflicto que nunca salió de la salita.  De aquellas confidencias que fueron filtradas para que el rey no torciera el gesto o denegara su acuerdo.  Ella sabia como hacerlo desde su sillón.  Era una gran dama sin camarilla de ministros ni consejeros. Ella, en apariencia fácil de trato, iba siempre un paso por delante de todas nuestras intenciones, peticiones y mezquindades varias.  El viejo sillón fue en esas épocas de los 90 su único y fiel consejero.  En él reposaba la cabeza y rezaba por todos nosotros día tras día.  Allí incubó ella su resignación y su virtud.  En él aposentó durante años sus viejas posaderas, en otro tiempo lozanas y juguetonas, que no en vano había lucido presumidamente durante su época dorada.  El rey siempre sucumbió a sus encantos buen mozo como era.  Pero todo tiene un principio y un fin.  También lo tendría el viejo sillón al pasar los años.  No nos adelantemos.

Recuerdo con claridad muchas conversaciones en la salita.  Pero las imágenes que me vuelven siempre son las mismas.  La mamá leyendo un libro con el punto de media y las agujas aparcadas “para después”, mientras se ponía sus cassettes de música clásica. 

El viejo sillón aguantaba los años con resignación, mientras aprendía de los demás y de la tele...   Cuantos sesteos y cabezadas dio en el sillón?  Cuantos momentos difíciles tuvo que aguantar sentada en él? Cuantas confesiones con el padre Eugenio oyó el viejo sillón a lo largo de los años?  Nunca lo sabremos pero fueron muchas...

El viejo sillón acusó los años y empezó a renquear de una de sus patas traseras, la izquierda.  Recuerdo como lo reparé en Muntaner poniéndole un nuevo taco a una de las ruedecillas que facilitaban su desplazamiento.  Muchos años después  volvería a hacerlo con la ayuda de Pirgio, ya en mi casa, y sabiendo que era un ultimo intento para evitar su ocaso.

 El sillón siempre estuvo asociado a la mamá.  Pero también el papá refugió su cansancio vital en él durante años. Sobre todo hacia el final del invierno de su vida.

Pocas veces me senté, entonces, en el viejo sillón.  La que si recuerdo con emoción fue tu última madrugada papá. Sentado en él, que pasé en la salita con la puerta abierta de tu dormitorio, asistí a la sigilosa llegada de la Parca que te llevaría del brazito a la trascendencia.   Fue un breve atisbo, pero algo imparable se apoderó de tu tos agonizante que me hizo acudir a tu lecho, incorporarte para que respiraras mejor y abrazarte para infundirte el acompañamiento del traspaso.  Exhalaste tu último estertor en mis brazos apenas a unos metros del viejo sillón.

Y si, sentado en el viejo sillón fue como te pensaba cuando pocos días antes de dejarnos escribí unas lineas que ahora traigo al presente para alimentar nuestra memoria y la de los mas jóvenes que no te conocieron tanto como nosotros: los viejos hermanos que hoy nos reunimos. 

Dije entonces “No quiero despertar tu descanso.  Ayer tarde me quedé un largo rato a tu lado viendo como dormitabas.  Al pensar en tu vitalidad a la baja, pensé en mi propia existencia y envidié para mi unos ojos que atendieran mis semisueños finales como yo ahora hago contigo...”

Es difícil desprenderse de tanta costra de memoria como has acumulado viejo amigo, pero como sabes todo tiene su final.  Parece que en estos días se ventila tu ejecución, a falta de un indulto de ultima hora.  Puedes estar orgulloso de tu función y, si los sillones tienen sentimientos, estoy seguro de que afrontaras con resignación y orgullo tu paso a otra nueva vida, quizás reciclado en el punt net de Vilanova, vertedero que seguiremos visitando con regularidad y recordando tu fiel servidumbre a la familia durante tantos años.  Que así sea.


VNG 17 diciembre 2019

PD.  Había considerado varios finales para ti amigo entrañable... desde retapizarte, lo que haria perder tu querida piel de flores, y no sé si te hubiera gustado, hasta llevarte al vertedero, pero nunca hubiera imaginado, y eso que tengo imaginación de sobras, a veces demasiada, que el indulto de Diogenes te salvaria de pasar a otra vida.  Pero lo que para mi casi siempre es un inconveniente puede dar sorpresas como esta.  Finalmente seguirás con nosotros, a pocos metros de donde estas ahora, al otro lado del viejo muro de piedra que nos separa de nuestros suegros.  Es un buen Christmas Gift, no te parece?

1 - El reinado del dios Caos


Antes de que existiera el mundo con sus animales y plantas, mucho antes de que aparecieran sobre la tierra el hombre, los príncipes y los reyes, mucho antes de que descendieran de los cielos los héroes y los dioses.  Existían el oscuro vacío y el gran silencio. El gran universo estaba en desorden y reinaba el Caos sobre él.  Hasta que un día la oscuridad y el silencio se fueron espesando, como si echáramos polvo fino sobre las aguas, hasta formarse la Tierra que fue la primera diosa madre y se llamó Gea.   Algunos dicen que Gea fue solo la primera hija del Caos y un signo de su debilidad, pues el Caos al darse cuenta de que la luz y el orden acabarían con su reinado decidió alumbrar un hijo monstruoso que luchara siempre de su lado:  así nació en lo profundo de los rincones más oscuros de la tierra un dios primitivo y fiero que se llamó: el Tártaro.  El padre Caos, dios de lo desconocido y obscuro, pronto vio que sus dos hijos batallaban sin cesar y ninguna luz ni progreso veía desde su lejano trono.  Apenado por aquel panorama decidió alumbrar a un tercer dios que mediante alguna alianza deshiciera el empate.  Así nació Eros, el dios amoroso cuyo impulso creador hace nacer, en el corazón de dioses y hombres, el deseo de tener hijos. 

Entonces, influida por los consejos de Eros, fue cuando Gea pensó en formar un hogar y tener hijos.  Primero quiso poner en orden su casa, y hacer habitable la tierra.  Por eso arrancándole al Caos un trozo de su materia primitiva modeló con paciencia una bóveda que protegiera a la tierra. Ese cielo estrellado se llamó Urano.  El nuevo dios se hizo mayor y no solo puso techo a la tierra, sino que contuvo al aire respirable para que no se escapara hacia el Caos.   Viendo Gea que Urano tenía sus mismas proporciones y gustos, le pidió tener descendencia y se casó con él.   A la boda se presentó el dios Caos acompañado solo de Eros, pues el huraño Tártaro no quiso salir de sus guaridas.   Gea y Urano siguieron construyendo su morada y añadieron a las montañas altura y a los valles profundidad para dar cabida a toda su prole.  Pero el desorden del Caos todavía era muy grande y decidieron poner más orden en su hogar.  Al poco tiempo nacieron gemelos:  el Erebo y la Noche.  Crecieron juntos como hermanos pero no lo eran, tal como ahora lo entendemos, pues en aquellos tiempos no había nadie más.   Su tío Eros sopló los aire del deseo en el corazón de la pareja  y de sus amores nacieron el Eter y el Día.   El dios Eter viajó por la bóveda celeste en un vuelo eterno y el Día completó a la Noche, iluminando a lo invisible por un tiempo.  Desde aquella época antigua el Tártaro y su séquito de dioses salvajes, solo salieron de sus guaridas por la noche cuando el orden no se podía ver.  Pues el Tártaro, hijo oscuro del Caos, seguía amando con todas sus fuerzas la destrucción y el desorden, al contrario que sus hermanos Gea y Eros. 

Viendo el gran dios padre Caos que sus tres hijos se llevaban razonablemente bien y que cada cual reinaba en su lugar, decidió retirarse al más lejano de sus territorios y permitió al dios Urano convertirse en rey de todo el universo que sus descendientes conocían.

Así empezó el reinado del dios Urano que duró muchos siglos.  Pero esta es otra historia.

2 - La guerra de los Titanes y el nacimiento de Zeus

Crono devora a sus hijos. Goya
Zeus es el dios de la edad de los Hombres, que aparecieron sobre la Tierra mucho después de las luchas entre los dioses celestes,  pero su nacimiento fue precedido por la crueldad de su padre y de su abuelo… esta historia empieza con la Edad de las Luchas Titánicas. 

Asi pues, mucho tiempo antes de que Zeus viera la luz todo seguía su curso en la bóveda celeste llena de oscuro desorden, pues así era el reino del dios Caos. Pero cuando el viejo dios Caos se retiró, ese desorden cósmico fue lentamente convertido en guerra.  El reinado  de Urano, unido a Gea en matrimonio, se convirtió en una lucha entre sus descendientes que duró siglos.  Así y todo, se dice que su tiempo fue breve si lo comparamos con la inmensidad del tiempo universal. 

De Urano y Gea nacieron varias familias de dioses que muy pronto se enemistaron entre sí al perseguir todos la herencia del poder celeste.   Los primeros en llegar fueron la estirpe de los Titanes (Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto y Crono) y sus hermanas las Titánides (Tía, Rea, Temis, Mnemósime, Febe y Tetis) que pelearon desde muy jóvenes entre si para descubrir que su fuerza unida los podía enfrentar con éxito a los Cíclopes, los gigantes de un solo ojo, y a los Centímanos, unos monstruos de cien manos. 

El corazón de Gea estaba triste viendo como sus descendientes peleaban un día sí y otro también.  Pero la diosa madre poco podía hacer para evitar la tragedia que seguiría después.   Mientras tanto, en la oscuridad de las tinieblas, el tio de Urano, el dios Tártaro, veía con gusto las luchas entre los dioses, que no hacia mas que alimentar con intrigas y mentiras para enfrentarlos entre sí. Tártaro era el dios del desorden y la maldad que se desprende de la materia oscura, digno hijo de su padre el dios Caos.

Los Titanes se fueron haciendo cada vez más fieros y temibles, pues eran los mayores, y cuando su fuerza llegó a la cima de todo su poder, decidieron asaltar, con la complicidad de las Titánides, el palacio real de Urano.  Su plan era destronar al dios celeste y ocupar su lugar.  Todos lucharon contra Urano, que ante el ataque solicitó con urgencia la ayuda de los Cíclopes y de los Centímanos.  La lucha se prolongó durante un tiempo que nadie recuerda, hasta que en una de las batallas, el más atrevido de los Titanes, el más sanguinario, Crono, el Titan más joven, consiguió cortarle los genitales al dios Urano con una hoz de diamante forjada en las montañas del Holocausto.  Urano, entre enormes gritos de dolor, se levantó hacia los cielos mientras sus partes caían veloces hacia el mar.   Gea, que contemplaba horrorizada lo que estaba sucediendo, se abalanzó sobre su marido Urano y se vio salpicada por su sangre, de la que nacerían tiempo después las Furias, unas diosas vengativas cuya misión celestial sería vengar los crímenes de familia  cometidos entre los dioses y, más tarde, entre los hombres.  Pero al caer al mar, el miembro cortado de Urano fecundó a las olas y se levantó enorme espuma en todo el mar conocido, justamente de esa espuma se engendró la más bella de las diosas:  Venus Afrodita, la hija póstuma del dios Urano.   Muchos millones de años más tarde Boticelli inmortalizó el nacimiento de Venus en un cuadro que se guarda en la galería de los Uffizi de Florencia.

Pero la semilla de Urano al caer al fondo del mar, levantó del limo a una raza dormida de guerreros que se llamaron los Gigantes.  Estos se alzaron hacia el cielo, de donde venia la semilla esparcida, y en su ascenso de las profundidades marinas arrastraron a las ninfas de las algas, también llamadas Mélides, que desde entonces habitaron en la tierra con los Gigantes.

Crono inició su reinado cruelmente, tal como era, y sin perder tiempo apartó de su cercanía a los Cíclopes y a los Centímanos echándolos al reino del Tártaro para que entre ellos lucharan y se contuvieran.  Repartió por la tierra y el mar al resto de los Titanes y se reservó para su palacio celestial a las Titánides a quienes cortejaba cuando sus ocupaciones se lo permitían. 

Pasó un tiempo y finalmente Crono se desposó con la Titánide Rea que era la más seductora de las seis hermanas.  De la unión nacerían nuevos dioses, algunos de enorme bondad y otros de temible poder.  Pero Crono no vivía tranquilo, pues no queria correr la suerte de su propio padre y ser destronado por sus hijos.  Aterrorizado por el fantasma de su propio pecado exigió a Rea que le fuera entregando a sus hijos así que nacieran y los iba devorando enterrándolos para siempre en su abultado vientre. 

Rea, desesperada al ver como su descendencia desaparecía a pesar de sus esfuerzos, ideó una treta para engañar a Crono.  Al parir a su sexto y último hijo, a Zeus, que el destino quiso fuera el sucesor de su padre, le entregó una piedra en lugar de darle al niño.  Este fue ocultado en una cueva y amamantado por una cabra que se llamaba Amaltea.  Pasó su primera infancia escondido con la ayuda de los Coribantes, que eran unos guerreros semidioses que tenían la costumbre de danzar entrechocando sus escudos y armando mucho ruido, sonido que ocultaba los llantos del pequeño Zeus por no tener cerca a su madre. Por fortuna Zeus era fuerte y no necesitó muchos cuidados, (es de todos sabido que los dioses no necesitaban vacunarse y que por ello no existian, todavia, los pediatras) pero, a medida que crecía en estatura, su odio hacia el padre asesino de sus hermanos fue creciendo en él como la mala hierba y ya solo vivió para vengarse.  Pero esta es otra historia.

3 - Zeus y la guerra de los Gigantes

Lo que sucedió es que Zeus creció y se fortaleció en la Tierra, y al comprender que solo con su única fuerza no podría destronar a Crono buscó aliados para su asalto a los cielos.  Primero visitó a Gea, que como sabemos era la esposa de Urano, castrado por Crono, así que estaba dispuesta a ayudar a Zeus en su cruzada.  Gea aconsejó a Zeus que se aliara primero con una de sus hijas la Titánide Metis, diosa de la inteligencia.  Zeus disfrazado para no ser reconocido en el cielo, acudió secretamente al encuentro de la diosa Metis, que era una de sus tías y hermana de su padre.  El encuentro fue del agrado de Metis que  como mujer no podía aprobar lo que había hecho su hermano Crono con su descendencia.  Puso algunas condiciones a Zeus, que después éste no cumplió, y que más adelante conoceremos, pero finalmente le concedió la formula para preparar una pócima que tragada por Crono le haría vomitar a sus hijos, devolviendolos a la vida.   Zeus viajó al encuentro de una maga que se llamaba Iride, la cual habitaba cerca de una laguna que después se conoció como la laguna Estigia.  Iride tenía los ojos blancos como la leche y era asistida por un cuervo también blanco que hablaba por ella, pues Iride no tenía boca al haberla castigado Crono por no haberle preparado bien un veneno para matar a sus hermanos cuando eran jóvenes.   Iride, o mas bien su cuervo, explicó estas cosas a Zeus el cual presentó la formula de la pócima que le había dado Metis. Enseguida y  con gran deseo de venganza la maga Iride preparó la poción y sin condición alguna se la regaló a Zeus. 

Con la poción en su poder Zeus encaminó sus pasos de nuevo al cielo en busca de su madre Rea, a la que encontró llorando en el jardín de las Hespérides, que como sabemos eran las hijas del titán Atlas.  Explicado el plan de Zeus, Rea consideró fácil engañar a su esposo mezclandole en la ambrosía, que bebía por las noches, la pócima de Metis.  Pocos días después sucedió que Crono cayó enfermo con grandes dolores de parto y lamentaciones que hacían temblar el cielo.  Se avisó al centauro Quiron que era el medico de la corte celestial y este, que adivinó rápidamente lo que iba a  suceder, veló la cara del rey para que no viera a los hijos, que uno tras otro fue vomitando entre grandes agonías.  Con ayuda de Rea, el centauro ocultó en sus alforjas a los hijos revividos y los llevó lejos del palacio en donde fueron criados por sus ayudantes y la supervisión de Zeus, que siendo el menor fue el mayor de todos sus hermanos.  

Crono y Rea tuvieron 6 hijos, 3 varones y 3 hembras.  La mayor fue Hestia, le siguieron Hades, Poseidón, Demeter, Hera y Zeus. 

Zeus ya tenía un pequeño ejército pero todavía no el suficiente poder para enfrentarse al dios Crono, así que buscó de nuevo el consejo de Gea, la diosa madre de la tierra.  La madre de los propios Titanes comprendió que estos eran casi invencibles si se ponían a favor de su hermano Crono, así que tuvo la idea de pedir a Zeus que liberara a los Cíclopes y Centímanos de la prisión oscura en que los tenía sujetos el Tártaro.  La empresa no era fácil pero el valor de Zeus, Hades y Poseidón lo hicieron posible, matando al monstruoso Campe que era su carcelero. 

Los Cíclopes agradecidos por ser libres decidieron apoyar a Zeus en su batalla por el poder celeste y le hicieron entrega de las armas que ya jamas abandonaría, el rayo destructor y el relámpago cegador, las armas más poderosas de entre todas las conocidas.   También equiparon para la batalla a Hades, al cual entregaron un yelmo que lo hacia invisible, y a Poseidón, dios del mar, su tridente que lo hacia invulnerable a cualquier arma.  Finalmente algunos de los Titanes, viendo el poderoso ejército que Zeus reunía, decidieron combatir a su lado, y en contra de sus propios hermanos, éste fue el caso de Prometeo hijo de Japeto y Asia, pero hubo otros que también lucharon al lado de sus antiguos enemigos, los Cíclopes y Centímanos. 

Finalmente la batalla se desencadenó con gran estruendo del cielo y de la tierra. Todo retembló  bajo el poder de las fuerzas enfrentadas y no hubo un solo rincón de la tierra que no probara el fuego, el poder del rayo y la fuerza del agua, que desatada por Océano intentaba apagar el fuego encendido por Zeus.  Los Centímanos asediaban el Olimpo lanzando enormes piedras con cada una de sus cien manos mientras los Cíclopes pisoteaban a las tropas auxiliares de Crono que después de 10 años de duros combates acabaron huyendo del monte Olimpo, abandonando a Crono que finalmente fue castigado, con el resto de los Titanes que le habían seguido, a ser encadenados y expulsados para toda la eternidad al reino del Tártaro.  Siguiendo así la suerte que ellos mismos habían impuesto a sus hermanos Cíclopes y Centímanos. 

Al ocupar el poder Zeus, decidió sabiamente repartirlo entre sus tres hermanos. Así concedió a Poseidón el dominio absoluto sobre los mares.  A Hades el reino del inframundo,  allí a donde van los muertos.  Se reservó para sí el reino de los Cielos, y juntos compartieron la Tierra.  Pero si bien concedió un gran poder a sus hermanos se guardó de ceder la sede que se había establecido en el Monte Olimpo, y desde entonces reinó, junto a sus hermanos en su palacio, tomando como esposa a su hermana la diosa Hera.

Poco duró la tranquilidad pues Gea había sido ofendida, y Metis engañada, al no verse cumplida una de sus condiciones:  la de ser la primera esposa de Zeus. Secretamente madre e hija, buscaron una alianza con los Gigantes, que eran mucho más numerosos que los Titanes, los Cíclopes y los Centímanos juntos.  Tantos eran los Gigantes que no se podían nombrar como no se pueden nombrar todas las estrellas del cielo.  Reunido el ejército éste atacó inesperadamente al Olimpo y se engendró la batalla final y más grande que la Tierra hubiera visto.  Al mando del ejército que se oponía a Zeus, Gea puso al monstruoso Tifón, un ser que engendró ella misma con unos huevos fecundados por el propio Urano.  Tifón era una criatura horrenda, destructiva y enorme, mitad serpiente y que tenía cien cabezas de dragón.  Sus mil brazos generaban tal corriente de aire, cuando los ponía en movimiento, que no respetaba ni rocas ni fortalezas. Los dioses eran arrastrados por su turbulencia y debían de huir.   De hecho Zeus, Hades y Poseidón escaparon del Olimpo asediado, para preparar su estrategia y se escondieron en un lugar de la tierra que Tifón no conocía.  Con la ayuda de una estratagema le engañaron ofreciendole un singular banquete como si fueran pescadores, pero mientras dormía la envenenada digestión, le atacaron conjuntamente y consiguieron reducirlo.  Fue encadenado y arrojado al fondo del volcán Etna desde donde todavía ruge de vez en cuando con gran enfado.  Las miríadas de Gigantes quedaron sin dirección y fueron fulminadas por las fuerzas conjuntas del rayo y el mar, siendo sepultados para siempre en lo más profundo del reino de Hades, el inframundo del que nadie vuelve,  excepto algunos pocos entre los que se cuentan Orfeo en busca de su amada Eurídice, Ulises o el propio Hércules.  Pero eso es otra historia.

4 - La edad de Hierro. Cuna de los Hombres

Cuentan los que ya no están entre los vivos, que Crono, después de ser derrotado por Zeus se exiló en las islas de los Bienaventurados y hizo allí un reino paradisiaco al que iban los que buscaban el descanso tras haber tenido una vida justa.  Curiosamente, Crono, que había sido tan malvado como para devorar a sus propios hijos, en la vejez se volvió compasivo y acogió a un gran número de héroes y dioses cuando estos decidían retirarse al descanso eterno.  Desde su privilegiado paraíso, Crono, observaba como su hijo Zeus dirigía desde los cielos su reinado. 

Pero sucedió que un día, mucho después de la batalla de los Titanes y de los Gigantes, Zeus echó en falta a uno de sus muchos hijos, a Zagreo.  Buscó por el universo y no lo encontró en lugar alguno, mandó emisarios para saber de él y finalmente uno volvió del reino del Tártaro con noticias.   El carcelero que vigilaba a los malos Titanes que se le habían opuesto a su cruzada, le explicó que uno de ellos había matado a traición a su hijo.  Zeus desató su cólera divina y el cielo tembló como hacia tiempo que no sucedía.  Preso de una violenta determinación fulminó con su rayo a los Titanes perversos y los convirtió en cenizas que escampó por toda la tierra.  Para completar su castigo ordenó a Vulcano, hijo de Hera, la cual lo engendró en extrañas circunstancias de él mismo, que modelara las cenizas para hacer de ellas a los hombres.  Es así como los hombres se formaron con una parte divina y otra mortal, y en ellos anidaría para siempre la maldad de los Titanes. 

Los hombres convivían con los animales y como ellos se alimentaban de la tierra, que Gea cuidaba de que fructificara al máximo para dar sustento a todos sus habitantes, pero el hombre no tenia razón ni sentimientos nobles, pues no existían los diferentes sexos, ni tenia medios para fabricar objetos, armas o utensilios.  Era por tanto un animal más, solo que poseía en sí la semilla de una parte más noble que le acercaba a sus dioses, pero dependía enteramente de la naturaleza de Gea y de los designios de Zeus.  Los hombres luchaban entre sí solo por la fuerza del instinto y en ocasiones eran malvados, pero también  eran bondadosos como los animales. 

Pasó mucho tiempo y uno de los buenos titanes, Prometeo, que se había apartado de sus malvados hermanos para combatir al lado de Zeus, pensó que la raza de los hombres se merecía algo mejor.  Viajó hasta el Olimpo para solicitar a Zeus que le dejara repartir algunas mejoras para los seres vivos de la tierra, sin mencionar que quería favorecer a los hombres. Zeus, viendo alguna intención escondida en dicha petición, se la concedió con la condición de que fueran él y su hermano Epimeteo los que llevaran a cabo dicha labor.  Secretamente Zeus dio ciertas consignas a Epimeteo para que tratara de olvidarse de las mejoras que podían afectar a los hombres.  Tal era su deseo de venganza para con los malos Titanes.  

Fue así como Epimeteo y Prometeo emprendieron la labor de hacer de los seres vivos de la tierra un lugar mejor. Dieron flores a las plantas, troncos nobles a los árboles, garras a los animales, alas y bellas plumas a las aves, cornamentas espléndidas a los antílopes y temibles cuernos a los toros, vacas y bueyes, y así un sinfín de cualidades que a todos mejoró menos al hombre, al cual con malas artes Epimeteo siempre olvidaba favorecer con engaños que inventaba para Prometeo.  Pero éste viendo que no podía hacer mucho por el hombre decidió complacer a Zeus con el sacrificio de un buey.  Separó los huesos y la carne que apreciaban los hombres y los puso en dos montones separados, al invitar a Zeus cubrió con la noble piel de animal todos sus huesos mejorando en mucho su apariencia y así fue como trató de burlar a Zeus dejándole elegir primero que parte del buey deseaba antes de darle a los hombres la que él no quisiera.  Zeus advirtió el engaño y se enfureció tanto que en castigo retiró el rayo de la tierra que era la única fuente del fuego que el hombre conocía.  Prometeo se entristeció, pero no cejó en sus intentos por favorecer al hombre y, tiempo después, robó de la fragua de Vulcano el fuego que llevó a los hombres escondido en una caña. 

Zeus descubrió pronto la treta y decidió castigar a Prometeo por su atrevimiento encadenándolo a una roca para toda la eternidad, y a los hombres decidió darles un escarmiento. Para eso encargó a Vulcano que hiciera a la mujer.  El encargo de Zeus era que modelara al ser más bello de la creación y con la ayuda después de otros dioses dotarla de ciertas características que la hicieran superior al hombre para que lo dominara. En lo único que no quiso Zeus que la mujer fuera superior fue en la fuerza física.  Así lo cumplió Vulcano y de la arcilla inerte modelo su atractivo y delicado cuerpo dándole un hermoso rostro y dulce voz. Atenea le dio el conocimiento de las artes plasticas, del ornamento, del tejer y del cocinar delicias irresistibles.  Afrodita le dio las artes amatorias, el deseo carnal y las penas del corazón.  Hermes le insufló en el corazón las habilidades para la persuasión, la intriga y, en general, una velocidad superior a los hombres para pensar y sentir. Mientras Atenea completaba su obra con magníficas ropas que la ensalzaban, las Horas adornaron su cabello con flores y las Gracias le dieron el gusto por las joyas, y con ellas la cubrieron.

Al regalo de los dioses le dieron nombre y fue Pandora, la primera mujer.  Zeus quedó satisfecho con la obra y la envió a la tierra como regalo para los hombres.  Y sucedió que al poco de llegar muchos hombres enloquecían en pos de ella, y ella los rechazaba o acogía según su gusto, con lo que los hombres empezaron a pelear entre sí por la mujer.
Pero no solo esto pasó, sino que al existir en la tierra una hermosa caja cerrada que celosamente se guardaba con gran cuidado, Pandora, curiosa, quiso saber cual era su contenido.  Pero los hombres la previnieron aconsejándo que no la abriera pues los dioses lo habían prohibido.  Lejos de ser esta advertencia un freno, se convirtió en un acicate y finalmente Pandora, seduciendo a sus guardianes, abrió la caja.  Lo que sucedió después es otra historia.

5 - La ira de Zeus y los Andróginos

Cuentan algunos que los pesares de Zeus no tenían fin con los hombres de por medio. Y sucedió que estos, desde la aparición de las mujeres, descubrieron el sexo y, como no tenían moderación ni juicio suficientes, cayeron en el vicio.  Sus celebraciones  y fiestas de todo tipo eran un escándalo continuado y los dioses apenas podían descansar pues los gritos de los placeres llegaban hasta los cielos.  Viendo que los hombres y mujeres no solo se apareaban entre ellos sino que también lo hacían con sus iguales, convocó una gran reunión de dioses en el Olimpo. 

Habló Zeus con su atronadora voz para decir: 
- Os he reunido para saber que podemos hacer con los hombres que pueblan la tierra a fin de que cese tanto alboroto y podamos descansar aquí en el cielo. 
Marte fue el primero en hablar y dijo:
- Oh Zeus, padre de todos los dioses, deja que lleve la guerra hasta ellos y perezcan luchando hermano contra hermano, hombre contra mujer y padres contra hijos.
- Ciertamente eso merecen, pero el castigo acabaría con la raza humana y no es todavía su hora, dijo Zeus.
- Encendamos un fuego eterno en cada montaña para que les entre el temor a morir y así cesarán en sus orgías, dijo Vulcano.
- Inundemos la tierra con el océano, dijo Poseidon…
Y así, uno tras otro fueron deseando a cual peor pesadilla para la raza humana.  Al fin se levantó Metis, que era la diosa de la inteligencia y que todavía no había sido tragada por Zeus, como sucedió más tarde, para decir:
- Oh amado Zeus, por que no lanzas tu rayo sobre ellos para unir a los que en abrazo  están unidos y convertirlos en redondos seres que recuerden a los planetas de los que tomaron sus cualidades…
- Bien pensado, dijo Zeus divertido, podríamos hacerlos seres de cuatro piernas, cuatro brazos y dos cabezas, una mirando adelante y otra atrás.  Avanzarían sobre sus piernas en una u otra dirección y tendrían el doble de entendimiento que uno solo de los hombres actuales.  No buscarían el sexo pues estarían unidos a quien han deseado y se acabarían nuestras noches en blanco. 

Y así fue como, dando por acabada la reunión celeste, Zeus lanzó su rayo hacia la tierra.  Al resultado de la fusión de quienes estaban abrazados entre si, la llamó Andrógino.  Y de esa fusión surgieron tres sexos y no dos como hasta entonces.  Aquellos que habían buscado unirse con el sexo opuesto fueron andróginos complementarios, en ellos había la parte masculina que la daba el sol y la parte femenina que la daba la tierra, aunque a partir de entonces el conjunto fue influido por la luna.  Mientras que aquellos andróginos que eran dos mitades masculinas siguieron bajo el influjo de lo solar y los andróginos que estaban formados por dos mitades femeninas lo fueron por la madre tierra.  Todos tenían lo que querían y Zeus pudo descansar. 

Pero la paz no duró mucho.  Pronto los andróginos fueron redondeándose a medida que practicaban la marcha sobre sus ocho miembros, pues si andaban lo hacían normalmente sobre sus piernas, pero al lanzarse a la carrera se hacían una bola y usaban, como los saltimbanquis, todas sus extremidades.  Tal era el vigor, fuerza y velocidad que adquirieron que se volvieron altaneros y soberbios, tentando con su arrogancia nuevamente a los dioses.  

Después de bastantes generaciones, y cuando los andróginos ya cubrían la tierra y amenazaban con abandonar el culto a sus dioses celestes, Zeus se reunió con Metis en el palacio de ésta, para reñirla por sus extravagantes ideas, pues había creado un problema mayor al querer resolver otro.  De vuelta a su trono convocó a Poseidon y acordaron un plan:  Zeus mandaría a su rayo para disolver a los andróginos que había unido y Poseidon enviaría a los mares a batir contra la tierra a fin de castigar a los hombres, revolverlos en sus moradas sin llegar a destruirlas  y darles escarmiento como aviso.  Mientras estaban reunidos tramando su plan se presentó Hermes con sus pies alados y participó de ella diciendo:
- Oh Zeus, padre de todos los dioses, has pensado que la culpa de que los hombres no tengan entendimiento, moderación y juicio  sea nuestra al no haberles dado estas cualidades?
- Has hablado con sabiduría Hermes. Tienes razón, quizás podríamos hacer algo para reparar nuestro olvido.  ¿Que propones?
- Los hombres conviven ahora en ciudades desde que la mujer deseó tener su hogar y no compartirlo con los animales del bosque.  Es complicada su vida sin un arte que les rija las desavenencias, así pues, en  primer lugar hagamos entrega de algunas cualidades o dones que mejoren este aspecto.
- Cierto, dijo Zeus, seguramente necesitan el arte de la política.  Y para auxiliarlos le daremos también dos dones imprescindibles que son la justicia y la decencia.
Y también seria bueno darles otras habilidades como el arte, la poesía, la música…
- Si, si, pero no corras tanto, que en otra ocasión ya hice un encargo y me salió mal.  Verás Hermes, puedes distribuir al azar las habilidades que tú, Afrodita, las Musas y Atenea queráis, pero ha de quedar claro que la decencia y la justicia, han de ser donados por un igual a todos los hombres y mujeres sin distinción para que todos tengan el mismo derecho a practicar el arte de la política.  Esa es mi condición al encomendaros la mejora de los hombres.  Cumplid con mi voluntad. Que yo les volveré a dividir en dos mitades con mi rayo y les devolveré a su anterior estado.  


Desde aquel momento tomó sentido aquello de que 'te parta un rayo'.  Y asi fue como eternamente los que resultaron divididos buscan siempre a su otra mitad.

Y Hermes salió de palacio dispuesto a cumplir con los designios de Zeus. Lo que sucedió después es otra historia.